EL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

La fijación en el calendario de una fecha de celebración internacional de la mujer, es una oportunidad para reflexionar sobre aquello que se celebra: su importancia y la razón de la celebración. Tratándose de una cita de alcance internacional, el papel y las dificultades de la mujer de forma comparativa son ciertamente relevantes según los continentes y esto nos debe recordar algo que recientemente he leído y que me parece una actitud fundamental de entrada para tratar sobre este día. Dice Benedicto XVI en su Carta Encíclica Caritas in veritate que “las sociedades tecnológicamente avanzadas no deben confundir el propio desarrollo tecnológico con una presunta superioridad cultural, sino que deben redescubrir en sí mismas virtudes a veces olvidadas, que las han hecho florecer a lo largo de su historia”. Pues bien, creo que la cuestión de la mujer forma parte de ese presunto desarrollo que quizá estemos utilizando indebidamente en Occidente y que, por ello, debemos tratar con suma cautela antes de exportar.

Me viene esto a la memoria porque tuve una experiencia en la cual, lo que ahora dice nuestro Papa se me impuso como realidad. Volviendo de Tánger de examinar –porque formé parte de un tribunal de selectividad-, en el autobús que nos llevaba desde el avión a la terminal del aeropuerto, comentaba yo con una compañera de ese mismo tribunal que es impresionante la presión que siente una mujer en estos países porque cuando sales a la calle o entras en un café es como si fueras un extraterrestre. La calle está tomada por los hombres que te observan como si aquel no fuera tu lugar.

Me consta que hoy en día esto está sucediendo en algunos pueblos de España porque se trata de un problema de integración cultural, pero el caso es que venía con nosotros una mujer marroquí que escuchaba nuestra conversación y no pudo quizá evitar decirnos que “qué nos creíamos nosotras criticando de esa manera a su país cuando la mujer allí sabe perfectamente cómo tratar a los hombres; cosa que las occidentales no sabemos y que la mujer en su país hace lo que quiere, aunque de otra manera que no se imponga al hombre como hacemos nosotras que les tenemos aplastados…” Así fue, pero no nos amedrentó porque totalmente altaneras le dijimos que nosotras no teníamos que andarnos con estrategias ni ir por detrás ni por delante y que hacíamos lo que libremente queríamos con igualdad…

Como todo sedimento, aquellas palabras tardaron tiempo en convertirse en reflexión y lo cierto es que ahora pienso la verdadera razón de lo que nos dice el Papa de que en Occidente confundimos nuestro desarrollo con una presunta superioridad cultural y, en particular, la cuestión de la mujer es uno de esas cuestiones que fácilmente es objeto de manipulación.  Y así, como consideramos que en algunos de estos países en vías de desarrollo, las mujeres tienen demasiados hijos, proponemos que dejen de tenerlos porque opinamos que ésta es la causa por la que se mueren de hambre; como opinamos que las mujeres no deben quedarse en sus casas, proponemos que su lugar, como el de los hombres, es la calle, bares y cafeterías, en condiciones de igualdad; como llevan velo, proponemos que se lo quiten porque es un símbolo de sometimiento al varón y así, con toda ligereza y sin un mayor análisis, tratamos de arreglarles la vida a ellas como si la mujer occidental fuera el paradigma de la superioridad femenina.

Aunque sin duda es evidente que en muchos países las mujeres viven en situaciones deplorables de desigualdad, pobreza y aun de esclavitud, que es preciso luchar sin descanso para eliminarlas, el día internacional de la mujer quizá también nos debiera llevar a preguntarnos -sobre todo a los hombres y a las mujeres occidentales- si no habrá cuestiones que mejor no exportar ni fomentar como modelo ideal a ningún otro país porque convendría revisarlas antes y situarlas en su contexto. Pienso en las siguientes:

–  ¿Es la mujer occidental realmente libre a la hora de elegir cuántos hijos quiere tener y a qué edad desea tenerlos? No me refiero a la libertad de hacer lo que me de la gana, sino a la libertad de raíz, a la libertad interior que me permita, porque vivo con dignidad, tomar libremente la decisión de formar o no una familia. 

–         ¿No es quizá real el problema de que tardamos demasiado en tener hijos y aun no los tenemos, sometiendo esta decisión muchas veces a situaciones que, a pesar de no considerarlas prioritarias, se nos imponen?

 Porque nos deberíamos preguntar si la organización del trabajo favorece que hombres y mujeres tomemos decisiones libres al respecto.

 –         ¿No está siendo la mujer realmente manipulada cuando se habla de sus derechos y de igualdad?

 La respuesta a esto la tienen cada día todas las mujeres que me rodean cuando decimos que nos han engañado con esto de la igualdad y es que, de nuevo, la realidad se impone y por mucho que nos neguemos a ello, no somos iguales, gracias a Dios. Somos complementarios y necesarios hombres y mujeres. Nuestros derechos: los mismos, atendiendo a lo que somos: distintos.

 Por muchas leyes que se aprueben, la mujer no tiene derecho a matar-abortar a su embrión, pre-embrión, ser humano o su bebé. Todo es lo mismo. No somos un mero depósito; tenemos derechos pero también tenemos responsabilidades. Da para mucho este tema importantísimo, pero, en todo caso, no es algo que la sociedad occidental parece que pueda permitirse el lujo de exportar porque en muchos países que denominamos en vías de desarrollo, esta esencial cuestión, hombres y mujeres parecen tenerla más clara. El problema es que por la vía de la cooperación para el desarrollo nuestras falsas soluciones pretenden ser impuestas de forma ciertamente irrespetuosa.

 –         ¿Cuáles son las renuncias que estamos haciendo mujeres y hombres con el fin de obtener nuestro supuesto bienestar? ¿La familia? ¿Los hijos? ¿Nuestro matrimonio? ¿Nuestra paz y felicidad real? ¿el confort de otros: abuelos; personal de servicio?          

–         ¿Realmente estamos siendo honestos en nuestros trabajos? ¿Estamos trabajando como debemos? ¿Estamos haciendo familia como debemos? ¿Nos cuidamos suficientemente? ¿Estamos realmente consiguiendo conciliar la vida personal, laboral y familiar? ¿De qué depende? ¿Quién concilia? ¿Estamos dedicando tiempo suficiente y de calidad a nuestros hijos?

 MUJERES, en el día internacional de la mujer no podemos renunciar a luchar por aquello que más nos caracteriza como tales: LA MATERNIDAD, con mayúsculas. Es nuestro poder y nuestra debilidad en el mundo que nos toca vivir y negar esto creo que está siendo el germen de todo un desarrollo equivocado que con mucha soberbia queremos exportar como adalid de la defensa de los derechos de la mujer. Pero la realidad es tozuda y antes o después, nos topamos con ella y nos toca bregar en el cuerpo a cuerpo con tamaña manipulación que pretende vendernos que podemos obviar nuestra esencia, con independencia de que la actuemos o no.

Todas las mujeres tenemos un “genio” femenino que debemos hacer valer en nuestros trabajos, en nuestras familias y entornos. Y con ese especial genio –no con el masculino que es bueno, pero distinto- somos esencialmente las mejores educadoras de una sociedad que necesita educación. Potencialmente todas somos madres y con nuestros hijos o con quienes no lo sean, esas son nuestras virtudes que tenemos la responsabilidad de desplegar. Al negarlas, nos vacían y al vaciarnos, no somos nada más que lo que quieren que seamos: un mero instrumento o pieza de engranaje de su “política social”.

Propongo que en lugar de esta “política social” que se nos impone, se haga otra bien distinta que consista en que las empresas, con ayuda de las Administraciones Públicas y una sociedad verdaderamente formada y educada, nos permita, entre otras muchas cosas:

 –         Crear una familia con auténtica libertad.

–         Nos permita trabajar cobrando los mismos sueldos por los mismos trabajos, cuando tengamos los mismos méritos.

–         Que sea respetada nuestra dignidad como personas y la de nuestras familias, permitiendo que les dediquemos tiempo y calidad.

–         Ser nosotras mismas en las empresas, desplegando nuestra esencia como mujeres y hasta la cúspide de la organización empresarial y no obligándonos a adaptarnos a modelos masculinos para subir en la pirámide. El famoso techo de cristal es un muro de intolerancia.

–         Quedarnos en nuestra casa, cuidando de nuestra familia y de quien podamos, dedicándonos a ello, cuando así lo deseemos y podamos hacerlo y no por ello ser consideradas mujeres de segunda categoría.

–         Utilizar el lenguaje que queramos: algunas queremos ser mujeres íntegras del siglo XXI: las mejores profesionales dentro y fuera de nuestra casa; queremos ser mujeres dulces a la vez que comprometidas; queremos ser madres, incluso de familia numerosa y con mucha honra y estética moderna; algunas mujeres no queremos plegarnos con determinismo a los nocivos efectos de la globalización porque respetamos que no todas las mujeres somos iguales, aunque todas debamos ser libres. Algunas queremos ayudar a otras a no ser manipuladas desde jóvenes con la trampa de la igualdad…

Este es el verdadero deber de la mujer occidental en el día internacional de la mujer: informar a las que no lo son, de cuáles han sido y siguen siendo los verdaderos logros en la lucha por la igualdad, sin caer en las trampas en que nosotras estamos cayendo y, a su vez, escuchar a las mujeres de otras culturas para saber cuáles son sus logros propios y las trampas que debemos evitar. Hace falta comunicación y mucha tolerancia porque las mujeres no somos una masa informe. Hay de todo como en botica.

En la cuestión mujer hace falta mucha Caridad en la Verdad y mucha Verdad en la Caridad. Reflexionemos sobre ello y llevémoslo a la práctica.

Carmen Fernández Rodríguez

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