Miradas

MIRADAS

Cuando una mujer está embarazada, como es mi caso, además de todos los síntomas más o menos escatológicos y evidentes que muestra, todo es redondo como dice una amiga,  percibe de modo muy especial,  o al menos eso me ocurre a mí, miradas y gestos de los que le rodean, más o menos cercanos y que denotan simpatías y rechazos, más o menos implícitos, a esa transformación milagrosa que se produce en el cuerpo de una mujer pero que muchas veces no es percibida con toda la profundidad y belleza que encarnan sino simplemente como un proceso de deterioro físico, que en cierta medida lo es, aunque a decir por mis últimas marcas deportivas, en distancia y golpes, nadie diría que es un “hándicap” este glorioso y engordoso estado, aunque no siempre se gane.

En estos momentos en los que realmente nos encontramos luchando por la vida de los niños no nacidos. En estos momentos en los que mi perspectiva desde luego no es lo objetiva que nuestra ministra de Igualdad querría. En estos momentos en los que me he puesto un vestidito rosa fucsia de estar por casa con el que mi marido me llama “Fofito”, ( es ya un clásico pues lo tengo desde el primer embarazo, me sienta fatal es horroroso pero muy muy cómodo para cuando empiezan los calores). En estos momentos percibo miradas muy diferentes que denotan, actitudes también muy diferentes.

Las miradas de dos sacerdotes que ya han bendecido en el vientre a mi hija y que quieren de ella una mujer santa, y si tiene vocación mejor. ¡Vade retro¡, empezamos bien…

La mirada de su hermano mediano que es puro cariño que le lleva a levantarme la camisa en cualquier momento y situación para besar mi ya abultado vientre y decirme que soy preciosa, con la consiguiente caída de baba y subidón de moral.

La mirada de un hermano mayor más responsable que me ve cargada y quiere llevar  los bultos para que no me pesen.

La mirada de un padre que mira con inmensa ternura e incredulidad, a veces, esta transformación galopante y que atisba el comienzo de una nueva responsabilidad, una felicidad cargada de deberes y sufrimientos, como sólo son las verdaderas felicidades, y algún que otro gastillo más…

La mirada de aquellos que por distintas razones no pueden o no quieren tener más hijos. Los primeros miran y callan entre envidiosos e impotentes los segundos … entre los segundos hay de todo, los que miran y encasillan, los que miran y admiran, los que miran y juzgan, los que miran y tocan para ver y creer, como santo Tomás.

La mirada y el comentario de otras mujeres, que los hay de todo tipo, que se enfrentan a la duda momentánea de no mirar lo que están viendo y comentar que “no se tona nada”, cómo si esto fuera un halago, o aquellas que rehuyen mirarte el conjunto de redondeces y te miran para decir que tienes cara de esperar una niña, o las que son tan sincerísimas que si conocerte de nada te miran y te dicen que debes estar ya apunto porque tienes un tripón…

Pero quizá la mirada que más cambia es la mía, es una mirada de embotamiento hormonal, ¡¡bendito sea yo querría dos chutes de esos en el postparto¡¡ que nos permite ver una ecografía sin pensar en lo peor, sino simplemente en que la niña se parece a su padre (una amiga embarazada, primeriza claro, dixit). La mirada a las demás mujeres como delgadísimas y bellísimas todas ellas, con un deje de envidia en algún momento he de reconocerlo, pero con la mirada serena de estar en estos momentos sintiéndome y viviéndome más mujer que ninguna de ellas.

 La mirada interrogante hacia mis hijos, los ya nacidos, con la duda, que siempre se resuelve en positivo, pero siempre entra, al menos a mí , de si tendré sitio en el alma para querer tanto a un alma más.

Y la MIRADA, por excelencia, la mirada de Dios… que susurra, gracias por traer al mundo a otra hija mía. Gracias a ti por dejarme participar en este milagro.

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