Querida Ministra BIBIANA AIDO – los católicos y su Iglesia ni son más ni son menos importantes que el resto de los ciudadanos

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QUERIDA MINISTRA-BIBIANA AIDO  los católicos y su Iglesia ni son más ni son menos importantes que el resto de los ciudadanos los católicos y su Iglesia ni son más ni son menos importantes que el resto de los ciudadanos.

Acabo de escuchar con estupor su frase de que “la Iglesia puede decidir lo que es o no pecado, pero no lo que es o no delito”. Me apetece continuar su frase, diciendo,  “…y a usted, lo que parece corresponderle es no parar de decir tonterías, Señora Ministra”.

 Está su prensa y sus medios desinformativos empeñados últimamente en dar la imagen de una Iglesia con fisuras en la que los católicos no estamos de acuerdo con la que ustedes denominan “la jerarquía eclesiástica”. Eso quisieran. No hay católico sin Iglesia y a poco que usted se esforzase en conocer en qué consiste nuestra fe, se daría cuenta de que estamos todos nosotros formando voluntaria y libremente esa que denominamos Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia a la que queremos y con la que nos identificamos totalmente, a la cabeza de la cual se encuentra nuestro Santo Padre, Benedicto XVI. Que esa Iglesia se organiza como hemos decidido organizarnos y que lo que sale por boca del Presidente de la Conferencia Episcopal española, Monseñor Rouco, es la voz de todos nosotros, que no puede ser otra, porque él nos representa.

Pues bien, Señora Ministra, los católicos y su Iglesia ni son más ni son menos importantes que el resto de los ciudadanos que no son católicos ni Iglesia -aunque seamos más- para opinar, no sólo sobre lo que considera o no pecado –que, por cierto, no es opinión, es Evangelio. No es opinión pues-  sino lo que, en base, a nuestras creencias, consideramos coherentemente lo que es o no delito. Y debería usted reflexionar sobre esto porque da la impresión de que aún no lo ha hecho y va a perder esta oportunidad: ¿Cuál piensa usted que es el sustrato de los tipos de delito existentes en nuestro ordenamiento? ¿Su opinión particular? ¿La de su partido? ¿O acaso piensa que podría ser el Derecho Natural, la Moral o las costumbres? ¿Por qué castigamos el robo, el asesinato, la estafa o la prevaricación? ¿Acaso cree Señora Ministra que se castigan o dejan de castigarse por casualidad?

La Iglesia siempre ha dicho y seguirá diciendo lo que es pecado porque Cristo nos lo dijo y no podemos cambiarlo ni dejar de comunicarlo y, por eso mismo tenemos el deber como ciudadanos católicos de opinar sobre lo que en nuestra opinión debe legislarse sobre la vida que consideramos que comienza en la concepción y acaba cuando Dios quiere. El delito reprocha individualmente lo que la sociedad considera reprochable y el debate nunca se cerrará si se desconoce que hay una parte de la sociedad que cree y afirma que el aborto es reprochable y delito. Nadie quiere que se cometa, empezando por el nasciturus y, siguiendo por la madre, pero lo que es reprobable, reprochable y delito, lo es, por mucho que nos empeñemos en otra cosa. De ahí la importancia de trabajar en la dirección de la prevención, de la educación y de la ayuda a las mujeres, pero claro, no en la dirección que ustedes pretenden. En este punto, la nueva Ministra de Sanidad, la Señora Jiménez, se suma a la campaña, afirmando que el debate sobre el aborto, está superado… Dirán ustedes en falso, a ciegas y a locas ¡Qué vano empeño!

Por ello, no eludan ustedes, Señoras Ministras, su responsabilidad. No pueden ignorar que lo que ustedes pretenden, desde luego es pecado, aunque no vamos a ser nosotros quienes lo juzguemos, pero, por supuesto, que, muy al margen de que ustedes ahora decidan que el aborto no es delito, lo es y siempre lo será, más allá de nuestra fe, para el Derecho Natural.  No parece usted considerar que, como ciudadanos, la Iglesia a la cabeza de todos y cada uno de nosotros, los católicos, es nuestra portavoz en todo aquello que en nuestras vidas puede afectar a lo que creemos, no sólo para nosotros mismos, sino para el mundo, porque olvídese, tampoco les va a servir a ustedes incidir informativamente en la idea de que nos circunscribamos a nuestra vida privada. El católico tiene vida pública y se ve afectada por ella, y por eso mismo, tiene derecho a opinar al respecto. Somos católicos pero no tontos, Señoras Ministras, y como ciudadanos, somos apóstoles de nuestras creencias y vamos a ir hasta el final opinando sobre todo lo que queramos opinar ¡Faltaba más!

Carmen Fernández

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