La solidaridad Femenina

pies1La solidaridad femenina

 

Recientemente he leído una noticia en que se tacha de insolidaria a una mujer por criticar la conducta reprobable de otra como si entre mujeres no fuera posible la crítica como asimismo se hace entre los hombres o como cuando cualquiera de nosotros o nosotras juzgamos sobre política o sobre economía, por poner un caso. Y es que, en la pugna política queda mejor a veces decir de otra mujer que no es solidaria, a apuntar, sencillamente, que falta a la verdad.

 

Partiendo de que el significado que con el tiempo vamos danto a la palabra “crítica” es más que reduccionista, quedándonos exclusivamente en su lado peyorativo: la de la crítica negativa, he de decir que creo que la crítica, de no ser constructiva, nunca es esencialmente crítica. Por eso me gusta más utilizar la expresión de valoración o juicio sobre algo o alguien, para no eliminar esa su necesaria vertiente constructiva. Y en ese sentido, igual de válido es que una mujer valore a otra que el hecho de que un hombre juzgue a otro, o a una mujer o a un niño. Aunque esto de la valoración de las personas y no de sus conductas es más que delicado.

 

En todo caso, no seamos cínicos en la utilización de estos términos y menos entre las de la condición femenina porque nosotras no podemos ignorar que padecimos, padecemos y, con toda probabilidad, padeceremos la insolidaridad en cualquiera de sus formulaciones y por ello mismo no debemos degenerar su sentido ni confundirla con la simple crítica.

 

Ser insolidaria con una mujer no es criticar lo que en nuestra opinión ha podido hacer bien o mal, sino no identificarse con ella en aquello que nos hace semejantes: ser mujeres. Tal es así que si una mujer roba en un comercio, no voy a dejar de enjuiciar que esa conducta es mala por el hecho de que sea una mujer como yo quien lo haga. Sin embargo si a esa misma mujer la despiden en su trabajo por ser mujer, he de mostrarme solidaria con ella porque soy, como ella, mujer, siempre y cuando ésta sea exclusivamente la causa del despido -casi siempre, por cierto inconfesable. Cuestión distinta es que la despidan por ser realmente vaga, por ineficiente o por caradura, en cuyo caso no parece irrazonable opinar negativamente sobre su conducta, sin perjuicio de que juzgar sobre lo que uno no conoce –y aun conoce- suele ser normalmente tarea atrevida, peligrosa y que a la larga o a la corta, pasa factura.

 

Somos insolidarias entre las mujeres cuando consideramos que nuestra fantástica situación personal/profesional, pueden tenerla otras, siempre y cuando luchen y se esfuercen como nosotras lo hemos hecho, esto es, partiéndonos la cara, sin darnos cuenta de que somos realmente privilegiadas y que las demás no tendrían porqué pagar esa factura.

Somos insolidarias las mujeres sin hijos cuando juzgamos a las que los tienen como “cobayas” y somos insolidarias del mismo modo las mujeres madres cuando criticamos a las que no lo son, como mujeres vacías y sin sentido en su vida.

Somos insolidarias entre mujeres cuando criticamos a las que no trabajan fuera del hogar calificándolas de malas educadoras, vagas, incultas o no estar en la onda del mundo, creyéndonos que sólo nuestra parte de verdad es la verdad.

Somos insolidarias entre mujeres cuando criticamos a las que trabajan fuera del hogar calificándolas también de malas educadoras, ambiciosas, egoístas o de que abandonan a sus hijos a la cuidadora de turno, creyéndonos que lo hacen por gusto.

Somos insolidarias entre mujeres cuando nos damos a la crítica fácil respecto a su físico, su nivel intelectual o su forma de andar, hablar o cocinar, como si esto fuera sólo mal de mujeres.

Somos insolidarias cuando criticamos situaciones de mujeres que no nos atrevemos a criticar en los hombres o que simplemente no conocemos por el mismo hecho de ser mujeres, metiendo a todas en el mismo saco y pensando que todas somos iguales y por tanto, creyendo que todas pensamos, trabajamos y vemos el mundo de la misma forma, cuando, en realidad hay mujeres listas, menos listas, trabajadoras, menos trabajadoras, mejores y peores madres, esposas y personas. Como todo hijo de vecino.

 

De modo que no parece que no se pueda criticar, enjuiciar o valorar constructivamente las conductas que fueren, ya vengan de quien vengan, lo que no significa que no se haya de ser solidaria y, especialmente con quienes identificamos como de nuestra misma condición: mujer, casada, madre, trabajadora fuera del hogar, cuarentona, católica… ¡Algunas lo tenemos ciertamente complicado! Pero otras lo tienen aún más: las negras, africanas, viudas, enfermas o pobres, porque esto de la solidaridad, en realidad, no es sino  una expresión clara de lo que ha de ser la caridad en su expresión más delicada y, a la vez más sencilla: la de empatizar y arrimar el hombro a la causa de la mujer, aunque seamos felices de la muerte como madres, mujeres, esposas y trabajadoras. Así que al dato porque esto de la solidaridad no es impunidad chicas, que el mundo está fatal y el victimismo nunca es bueno. Un abrazo a todas.

 

Carmen Fernández

 

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